Hildegarda de Bingen: pionera de la medicina natural y la alimentación

Hildegarda de Bingen: una mujer adelantada a su tiempo que cambió la forma de entender la salud

Hace casi 900 años, cuando la medicina estaba profundamente condicionada por el conocimiento de su época, una mujer comenzó a observar la naturaleza con una curiosidad poco común.

Hoy resulta difícil imaginar lo que significaba para una mujer del siglo XII dedicar su vida a estudiar, escribir, enseñar y ser escuchada por algunas de las personas más poderosas de Europa.

Y, sin embargo, eso fue exactamente lo que consiguió Hildegarda de Bingen.

Mucho antes de que existieran conceptos como medicina integrativa, estilo de vida saludable o prevención, defendía que la salud dependía del equilibrio entre la alimentación, el descanso, el movimiento, las emociones y la relación con la naturaleza.

Casi nueve siglos después, su figura sigue despertando admiración no solo entre historiadores, sino también entre quienes sienten curiosidad por conocer el origen de muchas ideas que han influido en la medicina natural y en una visión más global del cuidado de la salud.

¿Quién fue realmente Hildegarda de Bingen?

Imaginar a Hildegarda únicamente como una monja rodeada de manuscritos sería quedarse muy lejos de quien fue realmente.

Nació en el año 1098, en Bermersheim, en la actual Alemania, y desde muy joven ingresó en un monasterio benedictino. Allí recibió una formación excepcional para una mujer de su tiempo, algo que marcaría el resto de su vida.

Con los años se convirtió en abadesa y fundó dos monasterios. Pero su inquietud iba mucho más allá de la vida religiosa.

Escribió sobre espiritualidad, naturaleza, alimentación, medicina, botánica y música. Mantuvo correspondencia con papas, emperadores y nobles, y sus consejos eran escuchados por algunas de las personas más influyentes de Europa.

En una sociedad donde las mujeres apenas tenían acceso al conocimiento y rara vez participaban en la vida intelectual, Hildegarda escribió tratados de medicina, filosofía y ciencias naturales, compuso música y llegó incluso a predicar públicamente. Todo ello sin dejar de ser una mujer profundamente comprometida con su fe y con el cuidado de las personas.

No es extraño que hoy se la considere una de las grandes intelectuales de la Edad Media.

En 2012 fue proclamada Doctora de la Iglesia por el papa Benedicto XVI, un reconocimiento reservado a figuras cuya obra ha ejercido una influencia extraordinaria en el pensamiento cristiano.

Una forma diferente de entender la salud

Lo que hace tan especial a Hildegarda no es únicamente que escribiera sobre plantas medicinales.

Su verdadera aportación fue comprender que la salud no dependía de un solo factor, sino del equilibrio de toda la persona.

En sus escritos aparecen constantemente la alimentación, la digestión, el descanso, el ejercicio moderado, las emociones, la espiritualidad y la relación con la naturaleza. Todo formaba parte de un mismo conjunto.

Hoy conocemos el funcionamiento del organismo con una profundidad que ella nunca pudo imaginar. Sabemos cómo actúan las hormonas, el sistema inmunitario o la microbiota intestinal. Sin embargo, sigue resultando llamativo comprobar cómo muchas de las cuestiones que observó continúan siendo pilares fundamentales de un estilo de vida saludable.

Quizá esa sea una de las razones por las que su legado sigue despertando interés.

Dos libros que resumen una forma de entender la salud

Gran parte de lo que hoy conocemos sobre el pensamiento de Hildegarda ha llegado hasta nosotros gracias a dos obras fundamentales.

Physica

En este libro reunió sus observaciones sobre plantas, árboles, alimentos, animales y minerales. Más que un recetario, es el reflejo de una mujer que observaba con atención la naturaleza e intentaba comprender cómo podía contribuir al bienestar del ser humano.

Cada página transmite una enorme curiosidad por el mundo que la rodeaba y un profundo respeto por todo aquello que la naturaleza podía ofrecer.

Causae et Curae

En esta segunda obra dio un paso más.

Intentó responder a una pregunta que sigue siendo igual de importante hoy que hace casi novecientos años: ¿por qué enfermamos?

Muchas de sus explicaciones pertenecen al conocimiento médico medieval y deben entenderse dentro del contexto de su época. Sin embargo, el planteamiento resulta sorprendentemente actual: antes de buscar un remedio, trataba de comprender a la persona y el origen de su desequilibrio.

La alimentación: mucho más que una necesidad

Si hay algo que llama la atención al leer a Hildegarda de Bingen es la importancia que concedía a la alimentación.

Para ella, los alimentos no eran simplemente una forma de calmar el hambre. Eran parte del cuidado diario de la salud.

Observaba cómo determinados alimentos parecían favorecer el bienestar, mientras que otros resultaban más difíciles de digerir o no sentaban igual a todas las personas. Sin conocer la fisiología, la bioquímica o la microbiota intestinal, comprendió algo que hoy seguimos defendiendo: lo que comemos influye en cómo nos sentimos.

Hildegarda proponía una alimentación sencilla, basada en alimentos de la naturaleza, respetando las estaciones y evitando los excesos. No hablaba de calorías ni de nutrientes, porque esos conocimientos llegarían muchos siglos después. Hablaba de equilibrio, de moderación y de escuchar al propio cuerpo.

Quizá sea precisamente esa mirada la que sigue resultando tan inspiradora.

¿Por qué seguimos hablando de Hildegarda casi 900 años después?

Creo que esta es la pregunta realmente importante.

No porque todos sus remedios hayan resistido el paso del tiempo. Ni porque todo lo que escribió pueda aplicarse hoy exactamente igual que ella lo describió.

Seguimos hablando de Hildegarda porque cambió la manera de mirar la salud.

Entendió que una persona no podía separarse de su alimentación, de su forma de vivir, de sus emociones ni del entorno que la rodeaba. En una época en la que el conocimiento era muy limitado, esa visión era extraordinariamente amplia.

Hoy conocemos el cuerpo humano con una profundidad que ella nunca pudo imaginar. Sabemos cómo funcionan las células, las hormonas, el sistema inmunitario o la microbiota intestinal. Ese conocimiento nos permite comprender muchas cosas que en su tiempo solo podían intuirse.

Y, aun así, cuando leemos a Hildegarda hay algo que permanece.

La invitación a observar.

A vivir con más equilibrio.

A respetar los ritmos de la naturaleza.

A entender que cuidar la salud no consiste únicamente en tratar la enfermedad, sino en cultivar cada día aquellos hábitos que favorecen el bienestar.

Tal vez ese sea el verdadero motivo por el que su figura sigue despertando interés nueve siglos después.

La viriditas: la fuerza vital según Hildegarda

Uno de los conceptos más bellos de su obra es la viriditas, una palabra latina que significa literalmente «verdor».

Para Hildegarda representaba la fuerza vital presente en toda la naturaleza, esa capacidad de crecer, regenerarse y florecer que observaba tanto en las plantas como en el ser humano.

Más allá de su significado espiritual, la viriditas nos invita a contemplar la salud como un estado dinámico, algo que necesita ser cuidado y alimentado cada día.

Es una idea poética, profundamente ligada a su forma de entender el mundo, que sigue inspirando por la sencillez con la que expresa la estrecha relación entre la naturaleza y la vida.

Lo que Hildegarda todavía puede enseñarnos

Lo que más admiro de Hildegarda de Bingen no es que tuviera todas las respuestas.

Es que nunca dejó de hacerse preguntas.

Con los conocimientos disponibles en su época, dedicó su vida a observar, aprender y cuidar de las personas desde una mirada amplia y profundamente respetuosa con la naturaleza.

Como naturópata, encuentro inspirador ese deseo constante de comprender al ser humano en su totalidad.

La ciencia ha avanzado de una forma extraordinaria desde el siglo XII y hoy conocemos aspectos que ella nunca pudo imaginar. Gracias a ese conocimiento entendemos mejor el funcionamiento del organismo y podemos valorar muchas de sus observaciones desde una perspectiva diferente.

Pero su legado nos recuerda algo que sigue siendo esencial: cuidar la salud empieza por observar, escuchar y comprender a la persona antes que a la enfermedad.

Quizá el mayor legado de Hildegarda de Bingen no sea ninguna planta medicinal ni ningún remedio concreto.

Quizá sea haber demostrado que la curiosidad, el deseo de aprender y la capacidad de observar no entienden de épocas… ni tampoco de género.

Hace casi novecientos años, una mujer se atrevió a escribir sobre la naturaleza, la alimentación y la salud cuando muy pocas podían hacerlo.

Hoy seguimos leyendo sus palabras.

Y quizá ese sea el mejor homenaje que podemos rendirle.

Beatriz Guillén


Gracias por leerme

Me gusta recuperar la historia de aquellas personas que, con los conocimientos de su época, contribuyeron a construir una forma más humana de entender la salud.

Creo que conocer de dónde venimos también nos ayuda a comprender mejor hacia dónde queremos avanzar.

Si te interesa este tipo de contenidos, te invito a seguir leyendo el blog de Fem Salut Natural, donde comparto información sobre alimentación, microbiota intestinal, salud integrativa y los grandes referentes de la medicina natural.


Bibliografía recomendada

  • Hildegard of Bingen. Physica.
  • Hildegard of Bingen. Causae et Curae.
  • Barbara Newman. Sister of Wisdom: St. Hildegard’s Theology of the Feminine.
  • Sabina Flanagan. Hildegard of Bingen: A Visionary Life.
  • Fiona Maddocks. Hildegard of Bingen: The Woman of Her Age.
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